Contra el paternalismo rural

Los problemas y el despoblamiento del campo asturiano

José Fernández 17.07.2017 | 03:47

Contra el paternalismo rural

José Fernández

Con el destino en la suela de las chirucas, voy a Ramoniz donde me esperan las vacas para el encuentro de todos los días. Y mientras me consume esta lengua de fuego que es el camino que ya hicieron las tres o cuatro generaciones anteriores a mí, pienso en cuánto cambiaron los tiempos que ahora me obligan a pensar en gentes que quieren tener razón sin sabiduría o placer sin felicidad. Además, en estos momentos, préstame pensar en B. Russel, quien dijo que el mundo personal se construye a partir de los datos de la conciencia. Y a fuerza de sinceridad, me pregunto si la ambigüedad y la confusión actuales tendrían los mismos contenidos que entonces, cuando abuelos, bisabuelos o padres, pisaban el mismo barro que yo ahora, acuciados por el sol y las tormentas. Supongo que no, como es normal. Ellos nunca verían a una consejera de Medio Rural hacer una enumeración de objetivos cumplidos que hablan del campo asturiano como remedo del paraíso terrenal. Con su voz apacible, reflejo de un alma serena, nos dice, por lo que calla, que nuestro ámbito tiene dos caras con rasgos bien diferentes. En primer lugar la de quien la escucha, sufridor de una realidad devastadora del mundo rural, desde dentro. Y si a esto añadimos esa sensación de soledad tan fría como una xelá de febrero, y que brota de lo más hondo de un alma sin horizonte, buscar una definición es traer a colación la novela que se titula Campo cerrado: por instinto, siente que aquel mundo protector que conoció en tiempos nunca más volverá. La casa en la que se nacía, se crecía, se envejecía y se moría ya no tiene continuidad; es más, aunque ignora que Llamazares escribió para él los versos yo vengo de una raza de pastores que perdió su libertad cuando perdió sus ganados y sus pastos, sabe, sin embargo, que la semilla entonces de una convivencia hoy inexistente, los verbos dar<>recibir<>dar, no fructifica entre otras cosas, por la mecanización sin sentido que tenemos, según A. Martínez; sabe también que la imposibilidad de patear su valle y su monte por culpa de los matorrales le hacen sentir algo tan hondo y desolado como una zanja abierta en la mitad del corazón. Un corazón transido por el dolor.

Y porque se sabe ya derrotado, piensa que la ciudad, como alternativa, hace de ti un ser zarandeado por un mundo ajeno a la libertad y contra toda sensación de pertenencia, como muy bien sabía Delibes, por ejemplo. Su libro “Un mundo que agoniza” o las novelas y cuentos que tienen los paisanajes castellanos como protagonistas (El disputado voto del Sr. Cayo) sufren por lo mismo y entonces, como ellos, miro hacia atrás y sólo encuentro un lejano y doloroso olor a brezo. El mismo olor que recorre la novela “La lluvia amarilla” o las cocinas de “Palabras mayores”, de E. Gancedo o las páginas de la “España vacía” de Sergio del Molino quien sacó a la luz con brillantez la historia del abandono programado que sufrió la España rural con la complicidad de muchos silencios culpables. Ahora aquí tienen las consecuencias sin posibilidad de retorno pese a todos los objetivos cumplidos que enumera la señora Consejera con voz serena y espíritu apacible. Claro que la culpa no es de ella. Esto viene de atrás y nada tiene que ver con las quemas de montes o matanzas de lobos pese a los filibusteros políticos que los utilizan como arma arrojadiza. Esto viene, como escribe Caro Baroja, de cuando la mano de obra de aquellos improvisados polígonos industriales salía de aquella población rural que buscaba algo que llevarse a la boca bajo un techo de cualquier manera; con otras palabras, lo que se hizo con el hambre de unos fue llenar el tubo digestivo de otros para los tiburones de siempre a los que todos temen y nadie pone freno. Y ahora -¿cómo decirlo?- para los últimos de Filipinas, para los últimos aldeanos ¿qué nos dejan? Nos quedan las migajas europeas, llenas de papeles y de burocracia y vacías de futuro. Pero propio de la casa, casi nada.

Y como el pasado, en el presente, ya empieza a renquear y en poco habrá desaparecido porque ni siquiera hay sentido de pertenencia de hijos a padres como bien escribe el autor de Alabanza de aldea (título dulce para un contenido descorazonador). Ahora, para las mentes lúcidas, el futuro pasa por un edulcorado turismo rural, sin más proyectos que un inmueble como recurso principal. Lo decimos así porque las instituciones responsables, desunidas y sin proyecto alguno relacionado con el tema, no hacen nada, ni individual ni mancomunadamente, para atraer un turismo al que hay que fidelizar mediante esa calidad que nadie mejor que ellas pueden ofrecer. Como es obvio, son incapaces de sentarse, elaborar un proyecto y planificar juntos. Al revés. Presumen de desunir como mérito principal. Por ignorancia, convierten al turista rural en un simple paseante que consume calorías para justificar una cena suculenta. Porque el turista de senderos y caleyas, al pairo, gusta de mastines amarrados para llevar suelto su perrito o pregunta por los osos encorbatados para una aventura visual que contar a los amigos. Y si los gallos cantan y los despiertan o nuestros perros no paran de ladrar en la noche por culpa de los osados jabalíes, llamarán al ayuntamiento porque sufren mobbing porque no pueden conciliar el sueño. Y no hablemos ya de vacas y del cucho cuyo aroma recorre la aldea como un chanel rural y asturiano muy diferente del apestoso asfalto y humos de gasolina que tanto se echa de menos después de unos días de aldea, en su casa rural.

Y para colmo de males, los últimos desastres ecológicos (osos y lobos cruelmente abatidos o montes intencionadamente arrasados por el fuego) dan una imagen de estos bárbaros del norte como seres incapaces de convivir con una naturaleza equilibrada y feliz, en estado sangrante ahora por la ignorancia de quienes tendrían que ser sus jardineros. Es decir, la culpa del paisano. Y vuelta a empezar otra vez: como en los mandamientos de la ley de Dios, todas las normas son en negativo, contra nosotros como únicos responsables de todos los desafueros habidos y por haber. Nos tratan como si fuéramos tontos de capirote.

Sin embargo, para ser justos y pro domo mea, cada cual tendría que asumir las consecuencias y las responsabilidades de sus actos, de sus leyes y de sus palabras, que también las tienen. Por ejemplo, si los conservacionistas consideran al lobo un animal sagrado que hay que conservar a todo trance, que se hagan responsables de su ideario ecológico y organicen patrullas para cuidar los rebaños de los paisanos durante la noche. Y hasta que aúllen como ellos si quieren y les parece bien. Otro tanto la administración; si dice que no se puede quemar la maleza de los montes que asuma ella su responsabilidad y la limpie para evitar el pernicioso matorral. Es más, si los pastores pierden animales por los ataques del lobo o del oso, el pago tiene que ser rápido para poder enjugar la pérdida. Y si se planifican cotos de caza (parece ser que es algo progresista) que las indemnizaciones por daños de los jabalíes sean el equivalente al valor económico real del producto que masacran. Todo lo contrario: como en la rueda de la fortuna, por todo ello y más, seguimos con más abandono y más soledad; seguimos con la triste sensación que nos embarga cuando ponemos palabras a nuestra realidad; soportamos un feroz paternalismo político, social y cultural que ofende a Dios porque es el muro que impide cualquier reflexión sensata sobre nuestro futuro y las alternativas que se pudieran plantear. Lo que tendría que ser un sector mimado por la sociedad asturiana, fuera de nuestra geografía rural se siente como una vergüenza y cualquier cabeza hueca opina sin pudor alguno sobre lo divino y lo humano de la Asturias rural. Por eso les decimos, como meros ejemplos, que si algo les importa nuestra forma de vida, cuando salgan en la televisión, hablen de cuidar nuestros puertos como el parque San Francisco, dígannos que el cucho es el mejor humus para nuestros cordales, que se harán reforestaciones sin molestar los pastos, que los conservacionistas cuidarán los rebaños de los pastores y los políticos harán, alguna vez, leyes o normas en positivo para la gente que vivimos en los pueblos, y nos gustan las vacas porque eran la forma de vida de nuestros antepasados durante cientos de años. Dígannos que preguntarán más para equivocarse menos. Y si quieren saber de qué hablamos, lean, por favor La vida del pastor de James Rebanks. Igual les sirve para entender nuestra vida con menos frivolidad que la que están dejando entrever. Tal vez sirva para contestar algo sensato a Consuelo, de 80 años, cuando se pregunte: Dios mío ¿qué va a ser de nosotros? Y así veremos con claridad la otra cara que podría tener el campo asturiano.