La mano que mece la cuna

José FernándezLa situación social y política de España, que no cambia por mucho que pasen los años

24.08.2016 | La Nueva España
José Fernández Hace poco, en un periódico nacional, V. Verdú hacía una análisis de la muletilla tan nuestra que dice: “-Y de ahora en adelante, yo a lo mío”. Esta frase, es bien sabido, la usamos cuando, obligados por una circunstancia o un hecho concreto que nos afecta y que tiene difícil solución, la prudencia o la templanza exigen una discreta retirada o un distanciamiento silencioso para evitar personalmente o bien enfrentamientos estériles o disgustos innecesarios . En este caso, el articulista la ponía en boca de los españoles porque nos sentíamos “noqueados” tanto por las elecciones y sus resultados como por las consecuencias de los mismos que llegan hasta nuestros días. En estas líneas no hablaremos de política porque hacerlo es lo mismo que hablar de una enfermedad, un tema de mal gusto, aunque la indiscreción, como se sabe, es norma en esta sociedad nuestra, gracias al esfuerzo de algunas televisiones porque así sea; sin embargo, hablar mal de nosotros mismos, generalizando, cuando esta situación es la que propician un contado grupo de ciudadanos, no nos parece justo; allá ellos y sus principios éticos y morales. Porque estos políticos de ahora son los mismos que traen a la memoria al Istúriz aquel, del XIX, al que apodaban “el marrullero”. Es decir, talmente parece que la historia de España es la de un país ineficiente, algo así como “un lugar atrapado en un tiempo primitivo”, según G. Sand. Y eso es lo que somos cuando una zarzuela de Paco de León, crítica con la corrupción en las instituciones madrileñas, era boicoteada por alguna de las fuerzas vivas de esa comunidad. Y si buscamos un poco más cerca, en este periódico apareció un artículo de José Manuel Ponte que se titula “La virgen lo ve todo”: hablando de uno de los ministros en funciones de este gobierno en funciones, describe con claridad, por sus obras, su concepto franquista del servidor público, siempre pro domo mea, ahora que no se estudia latín. Lo aprendieron bien de Franco con sus generales a los que corrompía como recurso principal contra sus veleidades políticas o monárquicas. Es decir, lo mismo de siempre: el pueblo por una parte, ninguneado por los puebleros, y la burguesía a sus negocios, carente de inquietudes intelectuales, con afán covachuelista como objetivo único; en la otra orilla, los más pudientes, los poderes económicos, dictan las leyes a los políticos, como trueque, para vaciar la democracia de contenidos sociales y propiciar, con descaro, que los ricos sean más ricos y el pobre más menesteroso. Por eso es lo mismo de siempre. Porque siempre es la misma mano que mece la cuna, en este país, para todos. Lo mismo en el S. XIX que en el XX que en el XXI, esta España nuestra está corroída por las tres lacras que obligan al desencanto en cualquiera de los períodos que supongan una transición. Son las tres lacras históricas, de todos los tiempos: la corrupción administrativa, la ineficacia política de los gobernantes y los intereses partidistas de los partidos políticos. Con otras palabras, como escribe Sabater… las transiciones democráticas habidas en España sólo han arañado superficialmente los legados de intolerancia, autoritarismo y atraso; ninguna de las transiciones políticas habidas en nuestro país han debatido en profundidad ninguno de los cambios estructurales que las dictaduras han implantado de forma irreversible en áreas tan delicadas como la educación, por ejemplo, con la LOMCE como modelo último de disparate educativo y social. Y para corroborar la precaria situación política, económica y social de hoy, ayer y mañana. les copio literalmente lo que escribe un lector, en cartas al director de un periódico nacional. La titula ” El descarado lenguaje de los políticos” y dice: “Cada vez es más vacío el lenguaje de la mayoría de políticos estos últimos meses. Peor aún, cansino, reiterativo y mentiroso. No es un lenguaje constructivo, sino destructivo. Un lenguaje a la contra. Todo vale para justificar la propia ineficacia y para desacreditar al contrario. La ambigüedad y la contradicción. Además, dicho con descaro y sin la menor elegancia oratoria con que se adornaba estas intervenciones parlamentarias o mediáticas en otros tiempos”.

Con estos insignes sueltos

(“héroes”, según F. Savater, con “v”) en el arco parlamentario nacional, regional o municipal, ¿Hay motivo para el optimismo? Es más y si me lo permiten, les contaré la respuesta que tuve a una pregunta que les hice a gentes de pensamiento diferente. Era ésta: si hiciésemos una recreación virtual de la historia de España y los cuatro líderes actuales sintiesen los tiros de los moros por Extremadura arriba, como en la guerra civil, ¿alguno de ellos permanecería con el pueblo madrileño para defender Madrid o se marcharían para Valencia, como hicieron aquellos insignes próceres de entonces? Pues la respuesta de todos, entre bromas y de veras, es que estos escaparían también, aunque como aquellos, querrían desde allí, seguir gobernando en Madrid. Con lo dicho, ya es suficiente para intuir cómo andan los ánimos de los españoles, asturianos incluidos; pero no les importa en absoluto a esta casta política actual. Siguen haciendo de su capa un sayo con los problemas reales de los ciudadanos que dejaron de ser actores democráticos para convertirse en espectadores políticos y consumidores mediáticos; y con la teoría de la conveniencia, en estos días la política es un espectáculo, la sociedad civil un mercado y el ciudadano un simple sujeto estético cuya principal preocupación, lo parece, son los días de puente en el año. Es todo lo contrario; lo que los ciudadanos queremos es “la verdad para encarar el futuro”, aforismo de Jorge Wagenssberg. Porque esa verdad y ese futuro son lo que ayudarán a superar nacional-catolicismo y sus falsificaciones históricas, sociales y culturales; esa verdad y ese futuro hablarán de menos enfrentamientos, más acuerdos y menos descalificaciones entre nosotros mismos, y más paz y más sosiego entre españoles. Por eso dice un aforismo del mismo autor que “la mentira es para soportar el pasado”, para hacer una banalización del mismo o como escribe el profesor Ascunce, desde siempre y como siempre, como un mal profundo e incurable, “la verdadera tragedia de España residió y reside en su incapacidad para dar respuestas válidas a las necesidades sociales y económicas del pueblo”. Y mientras estas ideas recorren la España vacía, sobre todo, nuestra clase política ejerce de gallegos, andaluces, catalanes, y allá en una esquina remota, de asturianos. Es decir, como Blas de Otero, más nos vale encomendarnos a Dios todopoderoso, y hacer nuestra esta oración, sin rubor alguno y con esperanza.

“Madre y maestra mía, triste, espaciosa España, / he aquí a tu hijo. Úngenos, madre. Haz / habitable tu ámbito. Respirable tu extraña / paz. Para el hombre, Paz. Para el aire, madre, paz.